Abu Dabi y Riad han decidido que el petróleo de este siglo se llama silicio. G42 y el Fondo de Inversión Pública saudí (PIF) han comprometido decenas de miles de millones de dólares en infraestructura de IA, y en 2026 esa apuesta ya remodela el mapa geopolítico de los semiconductores.
G42, la empresa que Sheikh Tahnoun convirtió en actor global
G42 nació en 2018 como una firma de tecnología sanitaria en Abu Dabi, pero bajo el control de Sheikh Tahnoun bin Zayed Al Nahyan -consejero de seguridad nacional de los Emiratos y hermano del presidente- se transformó en el vehículo de inversión en IA más ambicioso de Oriente Medio. Su filial Core42 opera algunos de los clústeres de supercomputación más grandes fuera de Estados Unidos y China, y la compañía ha firmado acuerdos de infraestructura con Microsoft, que invirtió 1.500 millones de dólares en G42 en 2024 tras meses de escrutinio del Congreso estadounidense por los vínculos previos de la firma emiratí con Huawei.
Esa relación con Microsoft no fue gratuita: obligó a G42 a desmantelar buena parte de su hardware chino y a nombrar a Brad Smith, presidente de Microsoft, en su consejo. En 2026 ese pacto se ha profundizado con acceso ampliado a chips Nvidia de última generación bajo licencias de exportación especiales del Departamento de Comercio de EE.UU., una excepción que confirma hasta qué punto Washington ve a Abu Dabi como un socio de confianza frente a Pekín.
PIF y el proyecto Humain: la IA como línea de negocio del reino
Arabia Saudí ha jugado una carta distinta. El PIF, el fondo soberano de casi 1 billón de dólares que dirige Yasir Al-Rumayyan, lanzó en 2024 Humain, una compañía de IA que en 2025 firmó acuerdos con AWS, Qualcomm y Groq para construir capacidad de cómputo dentro del reino. La cifra que circula en Riad para esta década ronda los 100.000 millones de dólares en infraestructura de datacenters, aunque como suele ocurrir con los anuncios saudíes, el calendario real de desembolsos es mucho más opaco que el titular inicial.
La lógica es la misma que sostuvo Vision 2030: usar los ingresos del crudo, todavía la columna vertebral del presupuesto saudí pese a la caída de precios de estos años, para financiar una economía que sobreviva cuando el petróleo deje de ser rentable. La diferencia con proyectos anteriores como NEOM es que la IA no depende de construir una ciudad de cero en el desierto, sino de comprar GPUs, talento y contratos de nube, algo mucho más rápido de ejecutar y de revertir.
Nvidia, el fabricante que decide quién entra en la carrera
Ni G42 ni Humain podrían avanzar sin el visto bueno de Jensen Huang. Nvidia controla el cuello de botella real de esta historia: sin licencias de exportación de chips H100, H200 o Blackwell, ningún petrodólar compra cómputo de IA de frontera. Washington ha usado ese control como palanca diplomática, condicionando el acceso a compromisos de seguridad nacional, auditorías de uso final y la exclusión de proveedores chinos como Huawei o SMIC de las instalaciones financiadas con capital del Golfo.
Esa dependencia genera una paradoja incómoda para Emiratos y Arabia Saudí: cuanto más invierten en volverse hubs de IA, más atados quedan a las decisiones regulatorias de un solo gobierno extranjero. Un cambio de administración en Washington, un nuevo paquete de sanciones o una escalada con China podrían congelar de la noche a la mañana proyectos de miles de millones ya en construcción.
OpenAI, Stargate y la sombra de la financiación del Golfo
El proyecto Stargate de OpenAI, valorado en más de 500.000 millones de dólares a lo largo de varios años junto a SoftBank y Oracle, ha recibido conversaciones de financiación con fondos del Golfo, incluido interés explorado por MGX, el vehículo de inversión en IA de Abu Dabi vinculado también a Tahnoun. Sam Altman ha buscado activamente capital de la región para sus planes de expansión de cómputo, lo que ha generado fricciones internas en OpenAI sobre la dependencia de capital autoritario para financiar una tecnología que la propia empresa describe como crítica para la seguridad nacional occidental.
Para 2026, la infraestructura física que sostiene los modelos más citados en Occidente -incluidos los rivales directos de Claude y GPT-5- pasa cada vez más por capital, terrenos o energía del Golfo, incluso cuando el entrenamiento y la propiedad intelectual siguen en California.
Las dudas geopolíticas que ningún comunicado de prensa menciona
Human Rights Watch y varias ONG han señalado repetidamente el historial de vigilancia digital de Emiratos, incluido el uso de spyware como Pegasus contra disidentes, activistas y periodistas. Que ese mismo país acumule ahora infraestructura de IA de frontera -tecnología con aplicaciones directas en reconocimiento facial, análisis de datos masivos y vigilancia predictiva- preocupa a organismos de derechos humanos que ven un riesgo de doble uso difícil de auditar desde fuera.
En Arabia Saudí, el asesinato de Jamal Khashoggi en 2018 sigue pesando sobre cualquier acuerdo tecnológico con Riad, y varios legisladores estadounidenses han exigido garantías explícitas de que los chips exportados no terminen en programas de vigilancia interna. Ni Microsoft ni Nvidia ni Amazon han respondido con detalle público a esas exigencias, más allá de cláusulas contractuales genéricas sobre "uso responsable".
Qué gana realmente cada parte en este acuerdo
Para los Emiratos y Arabia Saudí, la ganancia es doble: diversificación económica real y una posición de influencia geopolítica que ningún otro país de la región puede igualar, ni Qatar ni Irán ni Israel. Para las tecnológicas estadounidenses, el Golfo aporta algo que escasea en Silicon Valley: capital paciente, terrenos baratos y energía abundante para alimentar datacenters que consumen tanta electricidad como una ciudad mediana.
El riesgo, que analistas de Carnegie Endowment y Atlantic Council llevan meses señalando, es que Occidente esté exportando las capacidades de cómputo más avanzadas del planeta a regímenes cuya estabilidad política a 20 años vista nadie puede garantizar, apostando a que la relación comercial pese más que cualquier giro autoritario futuro.