Mientras Boston Dynamics y startups como Figure AI acaparan los vídeos virales de robots humanoides dando volteretas, Japón ha optado por una estrategia menos vistosa y más rentable: integrar robots en líneas de producción reales, con Honda, SoftBank y Toyota reescribiendo desde sus propios laboratorios el mapa de la robótica industrial mundial.

ASIMO se retira, pero Honda no abandona la robótica

Honda retiró oficialmente a ASIMO, su icónico robot humanoide, en 2018 tras dos décadas de desarrollo, en un movimiento que muchos interpretaron entonces como un repliegue de la compañía frente al empuje de Boston Dynamics y las startups estadounidenses. La realidad, confirmada por los propios desarrollos posteriores de Honda, fue distinta: la compañía trasladó el conocimiento técnico de ASIMO —control de equilibrio, actuadores, manipulación fina— a un programa menos mediático centrado en exoesqueletos de asistencia, robots de logística para sus propias fábricas y, desde 2024, un nuevo prototipo humanoide de nueva generación pensado explícitamente para tareas de ensamblaje en plantas de automóviles, no para exhibiciones públicas.

SoftBank y la apuesta de Masayoshi Son por comprar en vez de construir

SoftBank, a través de su Vision Fund, ha optado por una estrategia distinta a la de Honda: en lugar de desarrollar robótica propia desde cero, Masayoshi Son ha invertido de forma agresiva en empresas occidentales de robótica avanzada, incluyendo participaciones relevantes en OpenAI y en varias startups de robots humanoides estadounidenses, además de mantener el control de Boston Dynamics, que SoftBank compró a Google en 2017 y revendió mayoritariamente a Hyundai en 2021 mientras conservaba una participación minoritaria. Son ha planteado en repetidas ocasiones su visión de la "Singularidad Artificial", en la que decenas de miles de robots humanoides trabajarán en fábricas japonesas antes de 2030 para compensar la caída demográfica del país, que en 2026 sigue siendo la más severa entre las grandes economías desarrolladas.

Esta estrategia de "comprar exposición" en lugar de competir directamente en I+D ha generado críticas de analistas que señalan que Japón, pese a su tradición robótica, corre el riesgo de quedar reducido a inversor financiero en lugar de líder tecnológico si no invierte más en desarrollo propio de los modelos de IA que controlan a estos robots, un terreno donde EEUU y China llevan clara ventaja.

Toyota y la fábrica que ya no necesita descansar

Toyota, a través de su instituto de investigación TRI (Toyota Research Institute) con sede en California pero con fuerte coordinación con la matriz japonesa, ha priorizado desde 2023 el desarrollo de robots capaces de aprender tareas de manipulación fina mediante imitación, en lugar de programación explícita. Esta técnica, conocida como "aprendizaje por demostración" a gran escala, ha permitido a Toyota desplegar en 2025 y 2026 brazos robóticos capaces de aprender nuevas tareas de ensamblaje en horas en lugar de semanas dentro de sus plantas de Toyota City y Tahara, reduciendo drásticamente el coste de reprogramar líneas de producción cada vez que cambia un modelo de vehículo.

A diferencia de Tesla, que ha apostado públicamente por su robot humanoide Optimus como producto de consumo masivo a medio plazo, Toyota mantiene un discurso mucho más conservador: sus robots están pensados casi exclusivamente para uso interno en sus propias fábricas, no como producto a vender a terceros, una diferencia de enfoque que refleja la cultura industrial japonesa de "kaizen" (mejora continua interna) frente al estilo más orientado al espectáculo de Silicon Valley.

La demografía como motor real, no como eslogan de marketing

La razón de fondo detrás de la inversión robótica japonesa no es la fascinación tecnológica sino una necesidad demográfica innegociable: Japón tiene la población más envejecida del mundo, con más del 29% de sus habitantes mayores de 65 años en 2026, y una fuerza laboral que lleva más de una década reduciéndose. A diferencia de EEUU o China, donde la robotización se discute en clave de sustitución de empleo, en Japón el debate público es casi el inverso: faltan trabajadores para cubrir las vacantes en fábricas, almacenes y residencias de ancianos, lo que ha generado un consenso político poco habitual a favor de acelerar la automatización, con incentivos fiscales del METI (Ministerio de Economía, Comercio e Industria) para empresas que adopten robots colaborativos.

Fanuc y Kawasaki, los gigantes industriales que nadie menciona en los titulares

Mientras la atención mediática se centra en los humanoides, Japón sigue dominando el mercado mundial de robots industriales tradicionales a través de Fanuc y Kawasaki Heavy Industries, que junto a la suiza ABB y la alemana KUKA controlan la mayoría de los brazos robóticos instalados en fábricas de todo el planeta, incluidas las plantas chinas que producen los propios componentes electrónicos de la industria de la IA. Fanuc, con sede en las faldas del monte Fuji, mantiene un modelo de negocio extremadamente rentable y discreto que ha financiado, sin necesidad de grandes rondas de capital riesgo, décadas de investigación incremental en precisión y fiabilidad industrial.

El reto pendiente: software de IA generativa aplicado a robots

La debilidad estructural del ecosistema japonés sigue siendo la misma que hace una década: excelencia mecánica y de control, pero dependencia de modelos de IA generativa desarrollados fuera del país para dotar a estos robots de capacidad de razonamiento y adaptación a entornos no estructurados. Empresas como Figure AI en EEUU o Physical Intelligence han avanzado más rápido en la integración de modelos tipo "visión-lenguaje-acción" que permiten a un robot entender instrucciones en lenguaje natural y adaptarse a tareas nuevas sin reprogramación. Japón, consciente de esa brecha, ha impulsado en 2025 y 2026 alianzas entre Honda, Toyota y laboratorios de IA nacionales como Sakana AI para no depender exclusivamente de modelos importados, aunque el resultado de esa carrera todavía está lejos de resolverse.